CUIDAR EL MEDIO AMBIENTE ES UN BUEN NEGOCIO

Actualizado: may 14


Ph. Paulo Lezcano

En los círculos académicos de los primeros países industrializados comenzó la preocupación por la protección ambiental al iniciarse el siglo xx. Luego de la Segunda Guerra Mundial, este debate se propagó a casi todo el mundo. Desde entonces quienes se han adueñado, arbitraria e injustificadamente, de la palabra "desarrollo" han alimentado permanentemente un supuestoantagonismo ubicando a la protección ambiental como antónimo de crecimiento, a "ecología" como antónimo de "economía".


Incluso es propio de quienes asumen una idea incompatible con la de los ambientalistas, la pretensión de inculcar que ellos piensan prioritariamente en la gente, mientras que los ambientalistas se hunden en un desvarío o quimera imposible de llevar a la práctica.


Como si la destrucción ambiental no afectara, en el corto o largo plazo, a la gente.

En segundo término, y con la ayuda de medios de difusión y ausencia de educación, se le adjudica a la defensa ambiental una connotación de moda o actitud enemiga del desarrollo, como si este pudiera existir sin depender del sistema que le provee de los recursos.


El caso es que estos supuestos desarrollistas, en realidad, no piensan en "el hombre" con preferencia al defender su desequilibrado e improvisado crecimiento. Solamente piensan en la producción, el consumo y la acumulación de riquezas. Si se trata de políticos, en el inmediato rédito político que solo el desconocimiento o distracción de la gente puede sostener.


La sociedad necesita "digerir" todos aquellos movimientos sociales que no termina de comprender. Más aún cuando no se le otorga los elementos de análisis y reflexión que la lleve a incrementar su capacidad de discernir. Quizás el principal desafío es lograr hacer entender al ciudadano que el medio ambiente es el lugar en que vivimos todos y si está contaminado, nosotros también lo estamos. Se debe acrecentar la conciencia crítica de las personas, ya no solo pensando en proteger el medio ambiente desde una mirada ecologista, sino pensando en nuestro propio bienestar.


Para entender que proteger el ambiente es un buen negocio, resulta indispensable asumir que todo deterioro en el ambiente tiene un costo. Disminuir la calidad de vida de la gente tiene un costo muy elevado en la salud, en la disminución de la capacidad de producir del ciudadano y de todo el aparato productivo que se sostiene en los insumos que otorga la naturaleza. El daño ambiental tiene también un costo en el deterioro o compromiso de la capacidad productiva a futuro; en la desvalorización económica de nuestra propiedad y del espacio en que vivimos; en el terrible e irrecuperable desastre natural en muchos casos generado, o acelerado, por procesos de producción individualistas e irresponsables. Pero principalmente, tiene un costo al verse afectadas las actividades que se sustentan en la calidad ambiental y paisajística, como por ejemplo el turismo. Lo cierto es que la mayoría de las actividades propias del hombre serían plausibles si se llevaran a cabo respetando el entorno adecuado y ejecutándose al ritmo de regeneración natural.


Se ha instaurado con tanta fortaleza en la cabeza de la gente ese falso desarrollo, cuando en muchos casos es un mal crecimiento que a nadie se le ocurre cuestionar. Este modelo de crecimiento parece solo plantear el "cómo" vivimos, olvidando por completo el "dónde" vivimos.


Talar un bosque nativo, contaminar un río, demoler una montaña en búsqueda de minerales, arrojar residuos al mar, destruir un paisaje o construir una carretera solo diseñada para llegar más rápido son, entre otras muchas acciones, fruto de una mirada cortoplacista, mentirosa a la hora de comparar el beneficio inmediato con el verdadero beneficio a futuro.


Se trata de una obtusa forma de entender el desarrollo, cuando en realidad debería contemplar alternativas económicas responsables, no solo con un sector sino con todos, no solo con el hoy sino también con el mañana.


Así como se ha comenzado a hablar de desarrollo sustentable, como aquel que garantiza la satisfacción de las presentes generaciones sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras, urge también una nueva mirada de la economía, aquella que acompañe a ese nuevo concepto, una economía más responsable, más solidaria, más humana y con garantía de beneficios perpetuos.


Por Julio César Lovece, Fundación Ushuaia XXl

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